miércoles, 6 de enero de 2016

Lilith - I - Noche de Carnaval

Algo desconocido me hizo volver a la consciencia tras una noche invisible, vacía, fuera del espacio y del tiempo, de esas que no se sienten. Desde el fondo de la nada un inesperado empujón me lanzó a la realidad. Volví a mi cuerpo dejando atrás el mundo de los sueños y percibí que todo él clamaba de dolor y malestar. Sentí que debía ser tarde, bien entrado el día, pues el sol anaranjaba mis parpados. Parecía estar en mi propia cama, y así era. Finalmente abrí los ojos e intenté incorporarme. Mientras intentaba alcanzar un vaso de agua eché un rápido vistazo a mi alrededor. No me gustó lo que vi.
Para empezar estaba sola en la cama, pero sabía que había pasado la noche acompañada. ¿Dónde estaba él? ¿Se había marchado ya? Peor aún, ¿quién era? Una nube espesa y oscura me recorrió el alma desde donde manaron sentimientos entremezclados de culpabilidad, angustia, vergüenza... Mis neuronas atrofiadas me negaban el recuerdo. O quizás me protegían de él.
En la cómoda había una botella de vodka vacía y dos vasos, un cenicero desbordado, un envoltorio de preservativo vacío, unas medias rotas y restos de cocaína. Realmente toda la habitación estaba patas arriba, escenario bastante apropiado tras una juerga de las buenas. Sin demasiadas ganas intenté reconstruir la noche anterior mientras me recomponía un poco de mis magulladuras post-party. Sabía que era la última noche de carnaval y quería celebrarlo a lo grande. Había salido a tomar algo, había quedado con varias personas, había bebido mucho y había estado tonteando con Frank y con Eric. Hasta ahí llegaban mis recuerdos, más adelante solo conseguía intuir vagas sombras danzantes, luces de discoteca, olor a tabaco, besos húmedos y alcoholizados… y la nada más rotunda.
En estas cuitas estaba cuando llegué al salón. Todo cambió de un plumazo. Quedé completamente petrificada, se me heló la sangre y los pelos de la nuca se me erizaron de terror. Un terremoto me recorría por dentro, mi vista se nubló y mi corazón se precipitó al vacío. Me apoyé en la puerta buscando algo material y cotidiano a lo que aferrarme mientras contemplaba el cuerpo de un hombre semi desnudo en mitad del salón. Yacía tendido boca abajo con pocos signos de vida. Respiré profundísimamente tomando el aire por esperanza, sensatez, calma, paz. Me acerqué y con manos temblorosas le di la vuelta al cuerpo, deseé no haberlo hecho. Me atropellaron unos ojos vacíos, inertes, ansiosos de mostrarme el más allá. Un bello rostro desencajado y aterrorizado los enmarcaban. Inmediatamente volvieron las palpitaciones y un torbellino de sentimientos convulsionaron todo mi ser. Era Eric, el hermoso y bello Eric. Comprendí que esa maldita noche al fin le había tenido, le había consumido, le había disfrutado, le había poseído, había sido mío y había compartido conmigo sus últimos instantes de vida, sus últimas caricias, sus últimas carcajadas, sus últimos pecados…
Mas sin embargo ahora estaba muerto, simplemente no existía. Era nada; o no, simplemente no era.
Totalmente ida me senté en el sofá mientras mi cabeza me vociferaba miles de cosas macabras y disparatadas. Asustada y atormentada me rendí al pánico, gritando, pataleando, golpeándome, siguiendo el impulso de oleadas y oleadas de adrenalina.
No sé cuánto tiempo pasó, pero finalmente fui volviendo en mí. Fui asumiendo la situación, se requería de mi que actuara, pero ¿cómo? ¿Qué podía haber pasado? El estrés me ayudó a recuperar algunas migajas de recuerdos, difuminados flashes de la noche anterior, y la laguna mental se fue desvaneciendo muy poco a poco. Aún así casi todo seguía borroso, y en absoluto explicaba la muerte de Eric.
Finalmente decidí que no podía seguir divagando y llamé a emergencias. Mientras esperaba no fui capaz de acercarme a su cuerpo, me fui directa a la habitación a recogerla un poco mientras ordenaba mis pensamientos. Por primera vez me sentí en peligro. Les diría la verdad, lo había encontrado así hacía unos pocos minutos y sospechaba que había consumido drogas, pero obviaría que yo le acompañé, incluso le incité…
Los pocos minutos que llevaba en pie se me antojaron horas. Mi cerebro echaba humo y mi estómago no pudo retener su contenido. Quizás ello me devolvió a la realidad, y decidí que minimizaría mi relación con Eric, sólo sería un ligue de una noche, no le había visto antes. Eso me implicaría lo menos posible, no quería involucrarme. ¡Seré frívola!
Cuando llegaron los enfermeros solo pudieron certificar su muerte. Entre tanto había llegado también la policía. Trataron de interrogarme pero me mostré ausente, en shock. Quería evitar sus preguntas a toda costa. Tampoco podía decirles mucho más. Les oí clasificar su muerte de posible sobredosis y tras tomarme los datos se marcharon.
Cuando por fin se cerró la puerta y quedé a solas, en silencio, entendí que aún no llegaría mi ansiada paz. Drástica y repentinamente, como si se desbloquearan simultáneamente miles de recuerdos, pensamientos y emociones, comprendí que la noche anterior yo había matado a Eric.