Algo desconocido me hizo volver a
la consciencia tras una noche invisible, vacía, fuera
del espacio y del tiempo, de esas que no se sienten. Desde el fondo de la nada un inesperado empujón me lanzó a la realidad. Volví a mi cuerpo dejando atrás el mundo de los sueños y percibí que todo él clamaba de dolor y malestar. Sentí que
debía ser tarde, bien entrado el día, pues el sol anaranjaba mis parpados. Parecía
estar en mi propia cama, y así era. Finalmente abrí los ojos e intenté
incorporarme. Mientras intentaba alcanzar un vaso de agua eché un rápido
vistazo a mi alrededor. No me gustó lo que vi.
Para empezar estaba sola en la
cama, pero sabía que había pasado la noche acompañada. ¿Dónde estaba él? ¿Se
había marchado ya? Peor aún, ¿quién era? Una nube espesa y oscura me recorrió
el alma desde donde manaron sentimientos entremezclados de culpabilidad,
angustia, vergüenza... Mis neuronas atrofiadas me negaban el recuerdo. O quizás
me protegían de él.
En la cómoda había una botella de
vodka vacía y dos vasos, un cenicero desbordado, un envoltorio de preservativo vacío,
unas medias rotas y restos de cocaína. Realmente toda la habitación estaba
patas arriba, escenario bastante apropiado tras una juerga de las buenas. Sin demasiadas ganas intenté reconstruir
la noche anterior mientras me recomponía un poco de mis magulladuras post-party. Sabía que era la última noche de carnaval y quería celebrarlo a lo grande. Había salido a tomar algo, había quedado con varias personas, había bebido
mucho y había estado tonteando con Frank y con Eric. Hasta ahí llegaban mis recuerdos, más adelante solo conseguía intuir vagas sombras danzantes, luces
de discoteca, olor a tabaco, besos húmedos y alcoholizados… y la nada más
rotunda.
En estas cuitas estaba cuando
llegué al salón. Todo cambió de un plumazo. Quedé completamente petrificada, se
me heló la sangre y los pelos de la nuca se me erizaron de terror. Un terremoto
me recorría por dentro, mi vista se nubló y mi corazón se precipitó al vacío.
Me apoyé en la puerta buscando algo material y cotidiano a lo
que aferrarme mientras contemplaba el cuerpo de un hombre semi desnudo en mitad
del salón. Yacía tendido boca abajo con pocos signos de vida. Respiré
profundísimamente tomando el aire por esperanza, sensatez, calma, paz. Me acerqué y con manos
temblorosas le di la vuelta al cuerpo, deseé no haberlo hecho. Me
atropellaron unos ojos vacíos, inertes, ansiosos de mostrarme el más allá. Un
bello rostro desencajado y aterrorizado los enmarcaban. Inmediatamente
volvieron las palpitaciones y un torbellino de sentimientos convulsionaron todo
mi ser. Era Eric, el hermoso y bello Eric. Comprendí que esa maldita noche
al fin le había tenido, le había consumido, le había disfrutado, le había poseído, había sido mío y
había compartido conmigo sus últimos instantes de vida, sus últimas caricias,
sus últimas carcajadas, sus últimos pecados…
Mas sin embargo ahora estaba
muerto, simplemente no existía. Era nada; o no, simplemente no era.
Totalmente ida me senté en el sofá
mientras mi cabeza me vociferaba miles de cosas macabras y disparatadas. Asustada
y atormentada me rendí al pánico, gritando, pataleando, golpeándome, siguiendo
el impulso de oleadas y oleadas de adrenalina.
No sé cuánto tiempo pasó, pero
finalmente fui volviendo en mí. Fui asumiendo la situación, se requería de mi
que actuara, pero ¿cómo? ¿Qué podía haber pasado? El estrés me ayudó a
recuperar algunas migajas de recuerdos, difuminados flashes de la noche anterior, y
la laguna mental se fue desvaneciendo muy poco a poco. Aún así casi todo seguía
borroso, y en absoluto explicaba la muerte de Eric.
Finalmente decidí que no podía
seguir divagando y llamé a emergencias. Mientras esperaba no fui capaz de
acercarme a su cuerpo, me fui directa a la habitación a recogerla un poco mientras
ordenaba mis pensamientos. Por primera vez me sentí en peligro. Les diría la
verdad, lo había encontrado así hacía unos pocos minutos y sospechaba que había
consumido drogas, pero obviaría que yo le acompañé, incluso le incité…
Los pocos minutos que llevaba en
pie se me antojaron horas. Mi cerebro echaba humo y mi estómago no pudo retener
su contenido. Quizás ello me devolvió a la realidad, y decidí que minimizaría mi
relación con Eric, sólo sería un ligue de una noche, no le había visto antes. Eso me implicaría lo menos
posible, no quería involucrarme. ¡Seré frívola!
Cuando llegaron los enfermeros
solo pudieron certificar su muerte. Entre tanto había llegado también la policía.
Trataron de interrogarme pero me mostré ausente, en shock. Quería evitar sus
preguntas a toda costa. Tampoco podía decirles mucho más. Les oí clasificar su
muerte de posible sobredosis y tras tomarme los datos se marcharon.
