Silencio, silencio y más silencio. De pronto absorbe todo el ambiente. El bar ha cerrado. Miro mi vaso y está rebosante, sonrío, me tranquiliza. Soy como el hielo que contiene, invisible pero corpórea. A mi alrededor inquietantes sombras deambulan buscando una salida. Entre ellas lucho por disimular que soy una estatua. Alguien ríe y le regalo una absurda carcajada fingida. La gravedad me mantiene sentada. Mi rostro desfigurado se disuelve entre la muchedumbre, sangre helada recorre mi cuerpo. Me asfixio, quisiera diluirme en mi copa. Doy un trago. Las setas de Alicia me llevarían a lugares nunca soñados. Probaré con mi brebaje mágico. Voces alegres me pinchan, vienen de todas partes. Nunca me he sentido más sola. Dionisio y sus ménades abandonan el bar. Intento seguirle. Cada trago me lleva más lejos. En el baño golpeo mi sucio reflejo, me mira con asco, rabia, odio. Trago tras trago desaparezco un poco más. Me evaporo, ocupo una nueva dimensión donde no temo a la vida. Está desbordada de palabras amables, sentimientos, caricias honestas. Un sorbo para adentrarme más. La pelea de perros queda atrás, sólo es un recuerdo. Finalmente acaba el pulso, le cedo el control mientras respiro una bocanada de aire negro. Mi alma aséptica, higiénica, anestesiada descubre ante sí un nuevo mundo lleno de promesas. No hay decepción en él. No más movimientos sincronizados, falsedades, mediocridades, amores vacíos. Me desplomo.




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