Ven, cógeme la mano y llévame lejos. Lejos
de este infierno gélido y hediondo donde inesperados pecadores nos desvanecemos en una inmensa, monótona y sorda nada rodeados de pulcras paredes con relojes atrofiados.
Ayúdame a escapar de
esta cárcel burocrática de relaciones unidimensionales y doradas vitrinas que lucen hermosos trofeos y callan los viles ardides con que se lograron.
Huyamos de esta jungla artificiosa y tóxica donde ocultas en la inmundicia abundan serpientes devoradoras de sueños que, vestidas con pieles de cordero, nos cortejan con sinuosas danzas.
Porque una brizna de esperanza ha explotado dentro de mí. Mi alma enterrada sangra ahora cual manantial y se me escurre entre los dedos. En su fluir me señala un nuevo camino y desde el límite de la cordura observo mi ser desmembrado con renacida piedad.

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